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1.13.2020

¡Shake Shack abre su tercer restaurante! Sale de CDMX para llegar a Plaza Satélite

La cadena de comida rápida Shake Shack inicia este 2020 con un nuevo restaurante luego del éxito que obtuvo con sus dos primeros locales en Reforma y Arcos Bosques y esta vez se ubicará dentro del Centro Comercial Plaza Satélite en la nueva zona de restaurantes ubicada en el tercer piso.



Este local en el norponiente de la ciudad ofrecerá el menú típico de la marca como la ShackBurger, el Shack-ago Dog, las papas clásicas crinkle-cut, cerveza artesanal y vino y un exclusivo concrete sorpresa.

Para celebrar la apertura, Shake Shack contará con un evento de carácter social para recaudar fondos y destinarlos a la asociación Autismax, a la cual se le donará el 5% de las ganancias del concrete Oh Ma-Mey (frozen custard de vainilla mezclado con mamey, limón amarillo y puerquito de piloncillo) una colaboración con la Chef Elena Reygadas, quien en 2014 obtuvo el reconocimiento Latin America's Best Female Chef.

Satélite será representado en una ilustración que se quedará permanentemente en este Shack por Aldo Crusher, diseñador mexicano conocido por realizar series de ilustraciones de las más emblemáticas ciudades el mundo.   

La cadena nació en Nueva York hace 15 años, pero arrancó operaciones en México apenas en 2019.

Cortesia de Bebexho


2.23.2017

EL TIEMPO QUE DEDICASTE EL AÑO PASADO AL FEOS-BUK, PUDISTE HABER LEÍDO 200 LIBROS


Decía el recientemente fallecido Álvaro Mutis que leer es un acto de placer, que la lectura obligada es nefasta. Yo comulgo enteramente con el novelista colombiano, a quien nuestro país lo distinguió hace ya algunas décadas con la Orden del Águila Azteca.

Pocas cosas desincentivan tanto en las jóvenes generaciones como la lectura por imposición pues genera en ellos la concepción del leer como una obligación (ción- ción- ción). Para quienes la lectura es algo apasionante hay quienes tienen gustos literarios bastante bien definidos, ya sea por género, por corriente literaria e inclusive por época histórica; hemos, por otra parte, quienes leemos libros sin distingos y por el simple gusto de leer (que ahora sé, gracias al entrañable Alfredo La Mont, se les conoce como "anobium pertinax").

En fin, dicho preámbulo viene a cuento pues hace un par de días, el sitio de noticias Quartz publicó un sencillo cálculo entre el tiempo que dedicamos a leer y el que pasamos en las redes sociales, comparando el uno con el otro para determinar cuál sería el resultado si, todo ese tiempo dedicado a las redes sociales, se invirtiese en leer.

En sus números, una persona lee entre doscientas y cuatrocientas palabras por minuto y, por otro lado, un libro de lo que en el mercado anglosajón se conoce como de “no ficción” (ensayos, estudios, biografías, etc.), tiene aproximadamente 50 mil palabras. A partir de esto se tiene que:

200 libros x 50 mil palabras = 10 millones de palabras 
10 millones de palabras / 400 palabras por minuto = 25 mil minutos 
25 mil minutos / 60 = 417 horas 
417 horas en un año para leer 200 libros

Si bien 417 horas pareciera un número asequible, esto se vuelve interesante cuando lo comparamos con par de elocuentes datos:

El estadounidense promedio pasa 608 horas al año en redes sociales y mil 642 horas por año viendo televisión (si quieren hacer el ejercicio desde una perspectiva nacional, al final de mi fina aportación les dejo el vínculo a la Encuesta Nacional de Consumo de Contenidos Audiovisuales 2015 del IFT).

Esto es, 2 mil 250 horas o, dicho de otro modo, aproximadamente el mismo tiempo que se podría emplear en leer más de mil libros.

Lo anterior significa que, aproximadamente, el tiempo que dedicas al feosbuck, tuiter, HI5, metroflog y otras redes sociales en un año, pudiste haber leído 200 libros.

Finalmente, cabe señalar que este ejercicio es únicamente ejemplificativo, pues no todos leemos al mismo ritmo, ni todos dedican el mismo tiempo a las redes sociales, entre otros muchos factores a tomar en cuenta Yo por ejemplo, a pesar de no tener ninguna red social y leer a buen ritmo, en mi vida he soñado con leer tal cantidad de libros en un año.

Además, si me apuran, he de decirles que me parecen despreciables intelectualoides de bolsillo aquellos individuos que cuentan la cantidad de libros que leen y con un tufillo de superioridad moral van presumiéndolo por la vida “en lo que va del año ya leí…”, como si fuera lo mismo leer 10 libros de Yordi Rosado que uno (bien entendido) de Wittgenstein. 

¡Que no mamen, ya me emputé! …

(bromi, ese es otro wey).


Los zeldas linces:



CORTESÍA DE BBXHO



1.27.2017

Chairos everywhere


En los años sesenta un chairo o chaqueto era un adolescente del que se creía que se masturbaba mucho y por eso estaba siempre absorto o distraído (chaira: chaqueta). Para llegar a la acepción hoy tan en boga la palabra sufrió una transformación significativa, quizá, de permanecer en desuso o agazapada.
La publicista Tamara de Anda le dio un impulso decisivo al vocablo en su blog Plaqueta y ya cuando en 2004 escribía frases como ésta: “Me dio sueñito tumbador [después de tomar un par de cápsulas de valeriana] y puse mi cabeza en la almohada, fue como cuando me voy a dormir pacheca: la mente ya anda en interesantísimos absurdos oníricos, pero hay una parte despierta-consciente que los ve desde este lado y dice: se me trepa el chairo”. También se refería de esa manera a sus amigos de izquierda, fumadores consuetudinarios de mota, aunque la primera vez que calificó a unos estudiantes con ese mote fue en la preparatoria, relata en El Universal: “En la prepa, mis amigos y yo creamos/popularizamos el término chairo para referirnos a los neohippies que se instalaban en el mejor territorio de la escuela —la jardinera del patio central—, que eran bellos y seguros de sí mismos, que vestían atuendos mugroso–vaporosos a la moda, que iban a raves y comían tachas y ácidos, que viajaban a playas vírgenes —sin sus papás, obviamente—, que vivían en hermosas casas del sur de la Ciudad de México, que venían de escuelas como el Madrid o el Lancaster o alguna Montessori. Nosotros (...) nos burlábamos de ellos, porque nos parecían falsos, elitistas —lo eran, a pesar de proclamarse de izquierda e ir a las marchas con sus mejores ropas—, predecibles, mimados y con pésimo gusto musical” (blog Crisis de los treinta, 6 de mayo de 2014). De Anda hizo un corto en 2005 titulado, Los chairos, que se puede ver en YouTube (otro es El Chairo y algunas de sus falacias frecuentes).


Es ofensiva para muchos y quien la endilga a otro siente superioridad intelectual respecto de esa persona; la palabra se ha popularizado gracias a los medios sociales y se usa para señalar a personas —mayoritariamente estudiantes, aunque no faltan periodistas, académicos, escritores y artistas— que reúnen características y afinidades como una vasta ideología izquierdista–anarquista con componentes hippies y hipsters y una especie de cosmogonía nacionalista, indigenista y poética, que se oponen o manifiestan contra “el sistema” y la globalización —contra el sionismo y el imperialismo estadunidense pero rara vez contra el chino—, afines a tendencias que se cuelan entre el abanico del altermundismo y que se tragan esta otra espesa sopa ideológica preparada con ingredientes como el falso decálogo de Chomsky, los libros de Eduardo Galeano y el diario del Che Guevara. Radicales, “conspiranoicos”, simpatizan con el socialismo del siglo XXI y el populismo filochavista de Podemos; creen en el dogma del “fraude electoral” de 2006 y 2012 decretado por López Obrador. Carmen Aristegui, La Jornada y otros medios son “independientes y críticos” en oposición a los medios vendidos al Gobierno y a Televisa.

Para ellos la violencia “anarquista” y el clamor guerrillero de los estudiantes de Ayotzinapa se justifican pues creen que vivimos ya en una dictadura fascista. No importa que los normalistas rechacen la enseñanza de la programación y del inglés ni que secuestren autobuses, bloqueen carreteras o incendien gasolineras y edificios. El chairo, como dice el periodista Luis Castrillón, “tiende a cerrar el campo de la visión social y de las actividades humanas y alejarse de la discusión de los matices: para ellos es blanco y negro, bueno o malo, verdad o mentira; no hay elementos intermedios ni variables que expliquen o demuestren un hecho. Se inclinan más por un reduccionismo factual de primera instancia, sin contexto”. Se asumen, pues, como el ejemplo mismo de la virtud y la ética, y quienes no coinciden con ellos son todos neoliberales o de derecha —lo que dio origen a su vez al término derechairo, no tan popular.



C&P: De aquí

Cortesía de Bebexho