El 85% de las preocupaciones que tenemos no se hacen realidad, según un estudio de la Universidad de Cincinnati
Desde que amaneces saltan en tu mente una sucesión de
pensamientos que enturbian tu felicidad. Son las preocupaciones que se instalan
como una losa en el día a día y pueden convertirse en el enemigo público número
uno de la tranquilidad.
Pero, la alarma que se enciende en la cabeza cuando la
cuenta entra en números rojos, el coche se ha roto o cómo afectará el Brexit a
nuestro día a día podría ser provechoso. Cierto grado de preocupación es bueno
para nosotros. Este estado de alerta puede ayudarnos a priorizar tareas y es el
primer paso para encontrar soluciones.
“Estar preocupado puede ser adaptativo y una buena
estrategia es estar ocupado anticipadamente por algo que puede ocurrir. De esta
forma podemos prepararnos y establecer un plan de respuesta”, aclara José
Guillermo Fouce, doctor en psicología y profesor de la Universidad Complutense
de Madrid.
¿De dónde viene la preocupación?
El hecho de anticiparnos a problemas que nos van a
sobrevenir en un futuro más o menos próximo podría estar grabado en nuestro
ADN. Para el hombre primitivo, que tenía que enfrentarse a miedos reales como
el ataque de un depredador, ser consciente del peligro podía ser garantía de
supervivencia.
Un grupo de investigadores de la Universidad de Georgia han
descubierto tras estudiar a un grupo de chimpancés estresados que su
comportamiento puede estar ligado a una variación en genes específicos y en la
estructura de sus cerebros.
“Cuando hablamos de una preocupación que responde a una
amenaza o miedo real, podríamos vincularla a nuestros ancestros, al cerebro mas
primitivo, el que nos adapta a las amenazas preparándonos para responder”,
comenta Guillermo.
El origen del problema
El 85% de las preocupaciones que tenemos no se hacen
realidad, según indica un estudio desarrollado por la Universidad de
Cincinnati.
Quienes se preocupan asumen que son muchas las
oportunidades que ofrece la realidad para que se desate la catástrofe. Según
cuenta Robert L. Leahy en su libro The Worry Cure, tras los atentados del 11 S
en Nueva York una mujer pensó que sus probabilidades de morir en un ataque
terrorista eran del 100%.
Otros creen que es muy posible contraer una enfermedad
grave, entrar en bancarrota o que se arruinen sus relaciones. Se trata, como
Leahy señala de casos guiados por un pesimismo profundo.
“Se convierte en un problema cuando interpretamos como
amenaza lo que no es”, continúa Fouce. Entonces se genera una respuesta de
estrés anticipatoria. “El sistema de alerta nos activa en el cuerpo físico, la
mente y las emociones y el problema es que con frecuencia solo canalizamos una
de las tres tensiones”, matiza.
Poner solución
Magnificar la situación hasta el límite de agotarnos es uno
de los indicadores que avisan de que hay que buscar soluciones. “Incluso si la
preocupación es mínima, hay personas que encuentran difícil controlar la
situación y estar centradas en sus tareas diarias. Se trata de un desorden de
ansiedad generalizado”, afirma el National Institute of Mental Health.
Fouce que apunta como una de las causas de este fenómeno
pensar que todo está en nuestra mano. “Creemos que tenemos control sobre todo y
que las cosas nos pasan siempre por algo”, manifiesta.
Cuando se dan estas circunstancias, el experto propone
analizar tanto lo que podemos como lo que no podemos controlar, e intentar
romper con los pensamientos negativos que se retroalimentan.
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