Friday, December 22, 2017

Viernes de la Banda - Pólito

Esto que voy a relatar ya se los he contado a algunos, pero no con detalle. Juro que es cierto.
Va para Pólito, donde quiera que esté.

Fue mi mejor amigo de la infancia. Siempre andábamos juntos para todos lados. Hubo varios momentos con él dignos de ser contados, entre ellos este que hoy les platico, y que nunca olvidaré.




Yo tendría unos ocho años, y Pólito era un año mayor. En esa ocasión nuestras mamás nos mandaron a llevarles lonche a Chepo y a Pedro, mi hermano y su papá, quienes estaban trabajando en el aserradero de La Coneja, a unos 10 Km de El Vergel.

Partimos muy temprano por la mañana, cargando un liacho en el hombro con unas 20 gorditas rellenas cada uno, el lonche de una semana.

Uno o dos kilómetros antes de llegar, caminábamos por un llano boscoso cuando de pronto vimos algo como una gran mancha amarillenta saltar de una roca a otra, en una loma, como a unos diez metros de distancia de donde estábamos.

Nos quedamos paralizados por el miedo. Así, de pronto, nos pareció que se trataba de un puma, por su gran tamaño.
Parado sobre aquella piedra y erguido en toda su estatura, el imponente animal se nos quedó viendo con curiosidad, mientras nosotros nos hacíamos pequeñitos, deseando desaparecer.

Con todo y el terror que engarrotaba nuestros músculos, alcanzamos a distinguir que no era un puma, sino un gigantesco Gran Danés, de un color leonado muy parecido al de estos animales salvajes.

Entonces lo reconocimos, era el Nerón (creo que así se llamaba), la mascota que veíamos en ocasiones en la tienda de Don Rodrigo.



Era un animal pacífico, pero de eso hacia algún tiempo. No se sabe por qué, quizá siguiendo algún instinto atávico, le dio por vagar por el monte y atacar a cuanto animal grande o pequeño se cruzaba por su camino, incluyendo vacas, burros y caballos.

Nunca se supo, sin embargo, que atacara a las personas.
Y ahí estaba ahora, mirándonos fijamente, al parecer decidiendo si éramos presas apetecibles o si de plano nos ignoraba.

Todo menos esto último. De un gran salto de repente lo vimos frente a nuestras narices, resoplando y olisqueándonos, mientras nosotros no atinábamos siquiera a parpadear.

Yo empecé a sentir algo calientito que me bajaba por las piernas. No recuerdo si a Pólito le pasó lo mismo, pero lo más seguro es que sí.

De pronto el enorme can se acercó aún más a mi amigo, se paró sobre sus patas traseras y apoyó las delanteras en sus hombros, y él, rígido como un palo.
Entonces caí en la cuenta: no éramos nosotros los que llamábamos su atención, sino el aroma de las sabrosas rellenas que cargábamos en los morrales.

Y Pólito también lo supo cuando vio que el perro le arrancó a mordiscos el lonche, lo tiró al suelo y devoró todas las gorditas casi de un solo bocado.

Volteé a ver a mi amigo, que sentado en el pasto miraba al perro con una mezcla de miedo y enojo, y luego a mí, como pidiéndome ayuda.
No pude más. Al ver lo cómico de su cara mi miedo dio paso primero a una risita nerviosa, y luego a una risa incontrolable que me sacó las lágrimas y me hizo revolcarme en el suelo.

Pero el Nerón, luego de terminar con el lonche de Pólito, se abalanzó sobre el mío, que igual desapareció dentro de su enorme hocico en un dos por tres, como por arte de magia.
Entonces los papeles cambiaron: ahora Pólito reía sin parar mientras yo trataba inútilmente de evitar que el perro se comiera mis rellenas.

Terminamos los dos riendo como locos, y el enorme can jugueteando con nosotros y lamiéndonos de pies a cabeza.
Qué regañiza nos llevamos los dos cuando llegamos al aserradero sin lonche, acompañados por el Nerón y cargando solo los manteles con los que llevábamos liadas las gorditas todos babeados y llenos de tierra.

Pero el can estaba de prueba, y todos conocían su historia. Si no lo hubieran visto no nos habrían creído.

Tuvimos que volver a El Vergel y contarles todo a nuestras madres, y al día siguiente ahí vamos de nuevo, ambos cargando nuestros pequeños liachos con 20 gorditas cada uno, el lonche de la semana para Chepo y Pedro.

Al Nerón nunca lo volvimos a ver. Dicen que alguien le disparó y lo mató por haber devorado una de sus vacas.

Vayan ustedes a saber.

-Brión


Cargando a Frida, de 5 meses en aquel entonces.