viernes, 19 de enero de 2018

Historias chidas de viernes ...

Buen dia cacaricuates, este viernes de la banda les traigo otra historia chida, de una persona que admiro mucho, ahi les va :


Esto le sucedió a mi hermano . Espero que no le moleste. Al fin y al cabo ya lo hemos platicado y lamentado/disfrutado en algunas reuniones.

Para quienes no lo sepan, ahí les va:

Aquella cobija tarahumara de pura lana de borrega virgen (la lana, la borrega quién sabe), arrumbada desde hacía días, pedía a gritos una lavada, y mi hermano siempre le daba largas.



Aquel día, sin embargo, se levantó con ganas de trabajar. A media mañana fue y la levantó de donde estaba, en un rincón donde le pegaba muy rico el solecito, y la echó en un baño.

Para quien no lo sepa, los baños, en la sierra, son esas grandes tinas de acero inoxidable con capacidad hasta de 100 litros, que la gente usa tanto para lavar ropa como para bañarse "de cuerpo entero". Es, pues, un verdadero baño portátil.

Con singular entusiasmo, hasta chiflando y todo, mi hermano se dio a la tarea de restregar aquella pesada cobija durante una hora o más con agua y jabón, incluso hasta "bailándole" encima, hasta dejarla supuestamente "rechinando de limpia".

Digo supuestamente porque, tras varias pasadas por agua hasta dejarla "perfectamente" bien enjuagada, empezó a desdoblarla para sacarla del baño y llevarla a tender al sol, y en eso se fijó en algo que nunca vio mientras se daba a la tarea de quitarle la mugre:

Embarrada en la tela había una mezcla confusa de plumas, sangre y otras cosas. Todavía tardó un poco en caerle el veinte:

Poco antes de tomar la cobija había acomodado amorosamente entre sus pliegues un pichoncito que se había encontrado hacía días abandonado en el monte, y lo había puesto al sol para que el avechucho se calentara un poco.




Luego, olvidándolo por completo, se puso a afanar como pocas veces para lavarla, con el resultado ya descrito.

La primera vez que nos lo platicó no pudo evitar derramar unos gruesos lagrimones de pesar, mientras quienes lo escuchábamos no podíamos dejar de reír, con pena y todo por la triste suerte del pichón.

De eso hace ya muchos años, pero cuando se lo recordamos todavía se nota en mi hermano la tristeza por ese infortunado suceso. Y nosotros, claro, seguimos riendo a mandíbula batiente, con todo respeto, eso sí. ¿Qué más nos queda?

Definitivamente no somos nada.